Una lágrima, lo sé,
es igual a una tormenta.
No, no, no,
una lágrima
es una
tormenta
que como una lágrima
de tempestad
fluye con la sal
de la amargura
y el desdén
hacia los vientos
borrascosos
del mal tiempo
y del sollozo.
¡Cuánto que se parece
una lágrima a la tormenta!
Tanto
que temeroso
me oculto
de su ventisca
que baja impetuosa
por mis mejillas
de barro.
Sí, ¡qué tan parecida
a éstas mis lágrimas
son en semejante
tormenta!
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