viernes, 9 de diciembre de 2016

[EL SABOR DE LA GRAMILLA]



De muy joven
lo recuerdo bien
solíamos sentarnos
ante un paisaje
diáfano y momentáneo
– cuando  no nos sentábamos
por sentarnos tan simplemente –
y mientras discurríamos
plenos de palabras
repletos de silencios
teníamos por costumbre
tomar un insípido tallo silvestre
y llevarlo a la boca
para mascullarlo
mientras así estábamos
pensativos y rumiantes
así estábamos.

¿A qué sabía ese tallo?
Se me hace que a nada
o quizás tan solo era
el sabor de la compañía
de esa que hoy evoco
con añoranza cuando
ya no existen más paisajes
diáfanos y momentáneos
y las palabras se han vuelto
tan llenas de sonidos
tan vacías de olvido.

Al cabo una angustia
genuina me subyuga
– gramilla del silencio –:
¿existirán aún esos tallos insípidos
de compañía tan silvestres
tan dispuestos a la boca?
¿Me acompañarán otra vez
cuando pensativo y rumiante
definitivamente así al final me quede
así me quede?

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