domingo, 24 de enero de 2016

[ESCRITOR DE POESÍA]

I
Hace 18 años me he propuesto escribir un poema por día
y salvo contadas circunstancias he faltado a mi promesa,
pero incluso cuando por algún motivo ocurrió, me he propuesto
recuperar ese poema omitido con más de un escrito  
en otro día. No caben dudas que he escrito más poemas
que veces tuve ocasión de hacer el amor, por dar un ejemplo,
y la verdad confieso que no siento ningún remordimiento.

¡Hace 18 años me he propuesto escribir un poema por día!


II
Con el tiempo transcurrido los poemas llaman a mi puerta
es decir, ni siquiera esperan que me decida o por lo menos
me siente paciente a escribirlos. Me pasa por las mañanas
por ejemplo, apenas me despierto, son imágenes y versos
las que comienzan a golpearme tras los párpados cerrados
por detrás de la retina, cuando la vigilia todavía
es tan solo un horizonte difuso y dudoso. “¡Ya es hora!”
me agitan, me recuerdan. Y como si me sirvieran la mesa
para un vasto y delicioso desayuno, acomodan palabras
como si acomodaran mermeladas. Y yo pronto me lanzo
y atropello muy pleno de apetito. El olor a las tostadas
que anega el cuarto temprano me colma por completo y es cuando
me subyugo, aunque con mayor certeza ¡me obligo a subyugarme!
para después salir al nuevo albo día como si saliera
realmente entonces a un día albo y nuevo. Es gula  de palabras.


III
En algunas oportunidades impropias me he preguntado
¿hacia qué rumbo va mi poesía?, porque es casi seguro
que no me sigue. A veces supongo realmente que caminan
hacia algún lugar determinado, como si evolucionaran,
pero demasiado muy pronto resurgen versos conocidos
de otros tiempos remotos – antiguos amigos de quimeras
antiguas – y es como si estuviera transitando en un círculo.
Sin embargo, tampoco lo es. La verdad es que no sé su forma.
Digo, cual es la forma geométrica exacta que persiguen
mis versos que fluyen, y por eso he desistido de asignarles
ninguna figura. Me gusta más la idea de que se trata
de una duradera iteración, como una ecuación persistente
entre lo mismo y lo distinto, y justo en ese vértice vago
emerge al fin  “éste {mi último} verso”. En ese litoral
indefinido yace la forma inacabada de mi angustia      


IV
Nunca hallé motivos valederos para escribir un poema
simplemente cada verso surge casi como por azar;
el universo no, pues ¡la poesía sí juega con dados
tan marcados! Y la providencia es como un hilo imperceptible
como una lábil tela de araña casi invisible que trémula
espera suspendida abrazarse en algo que no la destruya.
¿Será eso Dios? ¿Un abrazo justo, amoroso, definitivo?

El azar juega a los dados mientras la araña teje paciente
y espera por su presa que todavía ni ha nacido aún.
Y mientras tanto Dios se apresura y marca los dados con versos
para que algún poeta los arroje al aire en cada mañana.
Vuela al fin por el aire en palabras que riman y se atropellan
para caer una detrás de otras incesantes contra el piso
que las espera vehemente de sol y rumorosos de hombres.


V
Hace muchos poemas en el tiempo – porque he aprendido
a contar mis días por poemas – y haciendo una mudanza
de las muchas que en verdad me han tocado realizar en suerte,
recuerdo, se me ha caído de entre las manos atiborradas
un viejo libro que fue a dar de narices contra el sucio piso.
Tuve la clara sensación de que ese viejo libro sufría.
Lo enmendé tanto como puede. Hasta lo volví a leer que es una
forma de halagarlo y comprobé que realmente sus poemas
estaban doloridos. Esguince de versos, supuse entonces.
Lo froté y acaricié tantas veces durante tantas noches
que al final pareció con lentitud recomponerse. Y fue así
que sus poemas surgieron otra vez vivaces y fornidos,
nuevamente a la vida. ¡Y fue un gran día vallejos como pocos!

Desde aquella singular jornada he puesto, más por precaución,
al pié de toda mi ardua biblioteca, almohadones de plumas
y alfombras de lana gruesa tejidas a mano de telar,
para que nunca más la desdicha, no volviera a sorprenderme
entrando sin permiso a mi casa . Aunque a veces, extrañamente
amanecen plumas esparcidas por toda la habitación
llenas de intensos versos que están como exhaustos de blancos vuelos.


VI
Otras muchas veces me pregunto: ¿de qué material, qué tipo,
están hechos mis muchos versos? ¿Metal. Agua. Madera. Fuego?
Porque hay versos líquidos que fluyen continuos como un torrente
mientras que hay versos que queman, y son voraces como un incendio.
Hay duros, pesados, áridos, polvorientos, insustanciales.
Los hay de viento que desacomodan las hojas y el peinado,
mientras que otros pulcros versos son tan plácidos, casi un ensueño,
cual boca abierta de lago en la madrugada, ¡tan sol-amente!
como si esa sola luna ya fuera su alma. Y uno pregunta
¿será la luna el reflejo, o es solo el reflejo de la luna
en su alma solitaria? La verdad al final es que los lagos
llevan en su recuerdo la memoria de peces sin memoria
que alguna vez y hace ya tiempo lo poseyeron fatalmente. 

Pasa de igual modo con la poesía. Lleva el material
de lo que en el sueño ha despertado y se conserva en la memoria
para surgir en el día cuando uno apenas se despabila
bien de mañana. Los versos discurren su propio desvarío.


VII
¡Mentira es que fue de una costilla! Me consta. Fue de un poema
que si salió la mujer que muy pronto se convirtió en pasión
desoladora y tibia. Surgió luego de días incontables
y noches de hastío. Cuando la soledad era turbación
y se con-jugaron vivos versos de ilusión y cortesía
y fue a dar con una rima la hembra que añoraba compañía. 

Sostengo desde entonces que el amor es tan solo cobardía,
una flecha indecisa que sin osar recorrer el espacio
jamás no da con su propia algarabía. ¿O es un roto espejo
que refleja tan solo la parte de la herida?. Y sin embargo,
¡con qué dulzura suena ese verso del que emergió el alma mía!


VIII
Hay días que son tan pessoa, sobre todo cuando amanece
la poesía nítida, profunda, ¡tan intensa! Es que el hombre
cada tanto ha logrado acercarse a lo furtivo del abismo,
para señalarlo claramente, aunque después volver sin nada.
Absolutamente nada, tan solo un recuerdo y su palabra.
A eso llaman fuego. A lo que traen, o han robado, de otro lado.
Prometeo en los infiernos. Usurpador de brasas de hastío.
Y la cuestión es ¿cómo aliviar tantas miradas de repente
en un verso inacabado? La poesía es un infortunio
y siempre nos defrauda. El fuego al fin y al cabo, siempre se apaga.


IX
No todo es epifanía. ¡Tantas veces fue el pliegue una senda
de lágrimas! Tinta negra y mojada que evocaba las cosas
perdidas. Cuando ello ocurre los versos se llenan de lamentos
y sufren sobre la hoja que sufre. Son días grises que cantan
poemas grises. Y los versos caen como hojas que declinan
frente a la inminencia de un otoño inmemorial que se aproxima.
Todos sabemos que el ahogo algún día siempre nos alcanza,
también la poesía. Y por ello se debe andar con pañuelos
de hojas blancas en algún bolsillo a mano, no vaya a ser cosa
de que cuando la congoja nos llegue no haya ningún lugar
donde anotar, que es como decir, ya no hay lugar para sembrar.

Hay tristezas que solo ocurren para brotar un día en júbilo,
en sol y alegría. Por eso hay que dejar el surco sembrado
de pequeñas semillas de fastidio y regarla cada tanto
con un llanto intenso de hastío. Con el transcurso de las páginas
amanecerá un buen día y lo atroz será como tan lejano,
y lo lejano será al fin como tan amable y tan piadoso,
porque si es cierto que existe la ternura, ella tan solo habita
en la evocación del pasado que se fue. Escribir mi tristeza
es recordarme cada tanto, lo feliz que fui en desmedida.


X
Hace 18 años me he propuesto escribir un poema por día
desde entonces siento como que el mundo me susurra al oído,
claramente entonces no soy yo el que escribo y es la poesía
un brebaje líquido que sorbo, verso a verso cada día.



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Marcelo González